El día que Lorca se hundió dos veces

Relato sobre la mayor catástrofe sísmica del último medio siglo en España - El primer temblor de tierra salvó la vida de muchas personas que abandonaron sus casas y eludieron la segunda sacudida

FERNANDO J. PÉREZ / MANUEL ALTOZANO - Lorca –

El País15/05/2011

 

Clementa González Gázquez, policía local de Lorca, de 56 años, guardaba reposo en su casa por unas molestias físicas el pasado miércoles por la tarde. El lunes, cuando comenzó a sentirse mal, había pedido permiso a sus superiores para ausentarse de su puesto en la sala del 092, un destino relativamente tranquilo tras 29 años de servicio en la calle e ideal para una persona que, pese a llevar un discreto audífono, sabe escuchar a los demás como pocos. Clemen, como la conocen sus amigos, estaba tumbada con los ojos cerrados en un sofá cuando a las 17.05, la falla que atraviesa el centro de la ciudad en dirección noreste-suroeste se fracturó.

La agente, la primera mujer en entrar en el cuerpo, intuye al instante que el temblor que está sintiendo y que sacude los muebles de su casa en el barrio de La Viña no era un pequeño seísmo de los que con relativa frecuencia se sienten en la localidad murciana. No le hace falta saber que en la escala Richter alcanzaba 4,5 puntos, ni que el epicentro está cuatro kilómetros al norte de la ciudad en la que han nacido sus padres, ella, sus dos hijos y su nieto, de cuatro años. "Puse la tele y con las primeras imágenes vi que era algo serio", afirma. Tras unas llamadas para cerciorarse de que los suyos no han sufrido daño, Clemen marca el teléfono de la jefatura: "Jefe, estoy disponible".

El temblor hace que los habitantes del núcleo principal de Lorca, en el que viven unas 60.000 personas, entre ellas 14.000 inmigrantes, se echen a la calle por miedo a una réplica del seísmo. La agente, ya de uniforme, se presenta en la jefatura, un edificio blanco de dos plantas. No le había dado apenas tiempo de atender llamadas de ciudadanos cuando, a las 18.56, Lorca se asomó al apocalipsis. Un segundo terremoto, no una mera réplica del anterior, de 5,1 grados Richter, sacude como un latigazo el corazón de la ciudad a lo largo del eje de la falla. "Los muros de la jefatura, de casi un metro de espesor, comenzaron a agrietarse y todo se movía. Era una locura", recuerda la agente. Sin más formación contra terremotos que su instinto, Clemen espera a que cese el temblor para lanzarse a la calle. Empezaban las 48 horas más intensas y terribles de su vida. Y seguramente de la de todos los lorquinos.

Enfrente de la jefatura de la Policía Local, una nube de polvo blanco vela los barrios de San Diego y San Cristóbal, de los que salen hacia zonas más abiertas decenas de personas despavoridas. Ignorando cualquier instinto de conservación, y sin pararse a pensar, Clemen se lanza hacia esa barriada, en la que se mezclan edificios viejos poblados en general por inmigrantes e inmuebles más recientes habitados por familias españolas, curiosamente los más dañados. "Todo el suelo estaba lleno de cascotes, y dos tuberías lanzaban gas hacia la calle. Ayudo a salir a una señora de un portal y le digo que salga corriendo hacia el parque. Mi prioridad era sacar a la gente de la zona".

Cuando la nube comienza a disiparse, Clemen ya es consciente de que se trata de una tragedia. La cornisa de ladrillo y cemento que remata el edificio que ocupa la manzana entre las calles Navarra y Galicia se ha desplomado por tres de sus lados. Los escombros aplastan a la hostelera Juana Canales, de 50 años, junto a la Peluquería Rosa, de la que había salido corriendo; y a la vuelta de la esquina, sepultan a Domingo García, de 44 años. Varios centenares de metros más allá, en el cruce de las calles Puente de Gimeno y Los Voluntarios, Rafael Mateo, de 50 años, charla a la puerta de su tienda de zapatos con un amigo jubilado y otro joven que ha hecho un descanso en su marcha cicloturista. Los cascotes acaban con ambos en el acto.

La agente Clementa González Gázquez se apresura a buscar unas mantas para cubrir los cadáveres, al tiempo que trata de proteger a los vivos. Su imagen abrazando a una mujer presa de un ataque de nervios para apartarla del lugar será la portada de la mayoría de los periódicos españoles al día siguiente. "El fotógrafo me abrazaba al tiempo que me hacía fotos, estábamos llorando de la emoción y del miedo, recuerdo que para romper un poco la tensión le dije que tenía unos ojos muy bonitos. La verdad es que en estos casos no piensas, solo actúas", afirma Clemen, que no puede evitar las lágrimas al volver al lugar. Otros vecinos, como Juan Oliver, de 68 años, y su hijo Domingo, de 41, salvan la vida por milésimas al saltar sobre un coche estacionado y refugiarse del diluvio de cascotes en su portal.

 

 

A unos cuatro kilómetros al suroeste de la calle Galicia se encuentra el barrio de La Viña, un antiguo arrabal obrero que también ha recogido a numerosos inmigrantes que trabajan en la agricultura y la ganadería, verdaderos motores económicos de Lorca. Las sacudidas hacen que otra cornisa sepulte al niño Raúl Guerrero, de 14 años, a las puertas del Bar La Viña, uno de los centros neurálgicos del barrio. Raúl, buen estudiante y amante del fútbol y la natación, falleció en presencia de su madre y su abuelo paterno, Ginés. Sin embargo, una de las imágenes más impactantes en esa zona es el desplome, en efecto sándwich, de uno de los bloques de la urbanización Puerta de Lorca, uno de esos complejos con nombre pomposo y construcción deficiente que han proliferado en España en los comienzos de la burbuja inmobiliaria. El bloque, con 27 viviendas y de apenas nueve años de antigüedad, en la calle Infante Juan Manuel, se viene abajo en un instante.

El balance de daños en este punto, a la vista de las ruinas, es asombrosamente bajo. A esa hora pasaba por el lugar Antonia Sánchez, acompañada de sus hijos de uno y tres años. Una pared del inmueble se venció sobre la calle y sepultó a la familia. Antonia tuvo tiempo de proteger con su cuerpo a los niños, cuyos llantos son escuchados por el empleado de la empresa municipal de limpieza José Manuel Lorca que, junto a otros vecinos, los rescata arrancando los cascotes con las manos. No son los únicos niños que salvan la vida de milagro. El primer terremoto ha hecho que la gente salga de sus casas y ha servido de aviso al párroco de la iglesia de Santiago, Eduardo Sánchez Carrasco, que saca del templo a 22 niños y niñas a los que impartía catequesis tras el desprendimiento de varios cascotes. Con el segundo temblor, la pequeña joya barroca de piedra caliza se hunde sin remedio. Si hubiera cogido a los menores dentro, la magnitud de la tragedia se habría multiplicado.

A la misma hora, en el barrio de San Pedro, una zona marginal a los pies del castillo de Lorca, Francisco Moreno Cortés, jardinero en paro de 42 años, visita a unos familiares. A la puerta de la chabola en la que vive con su marido y su hijo de tres años, Emilia Moreno, de 22 años y embarazada de ocho meses, descansa apoyada en una tapia de ladrillo, que se le viene encima con el segundo temblor. Francisco, hincha del Real Madrid y amante del cante de Camarón y Rafael Farina, es el primero en llegar al lugar. Con ayuda de un primo suyo, levanta el lienzo de ladrillo, bajo el que yace el cuerpo de Emilia, cruelmente dañado. Francisco le toma el pulso, "pero es inútil". Desde lo alto del Castillo, un gran trozo de roca aterriza en el patio de la casa de su hermana Soledad.

Desde el mero punto de vista geológico, se trata de un pequeño terremoto, pero genera una aceleración del terreno tres veces superior al máximo que legalmente deben soportar las casas. Además, al producirse muy cerca de la superficie terrestre y muy próximo a Lorca, tiene efectos devastadores, en especial en las plantas más bajas de los edificios.

En pocos segundos Lorca se colapsa y la imagen de la espadaña de la iglesia de San Diego precipitándose sobre el suelo da la vuelta al mundo. El terremoto afecta en mayor o menor grado a 4.100 de los cerca de 6.500 edificios de la ciudad. Cientos de inmuebles han quedado inservibles, y además la gente no tiene ánimo de volver a ocuparlos. Entre el caos, comienzan a llegar los servicios de socorro, primero de la Región de Murcia y luego de comunidades limítrofes y del resto de España.

Los ciudadanos que disponen de una casa en las afueras o de familiares en otras ciudades que les puedan acoger comienzan un éxodo. Los inmigrantes, carentes de red familiar en España, quedan a la intemperie. El despliegue de medios es propio de una gran catástrofe. El Gobierno moviliza a la Unidad Militar de Emergencia, que monta tres campamentos. En la tienda 45 duermen, no se sabe aún por cuánto tiempo, Francisco Moreno, su esposa y sus tres hijos de 11, siete y cuatro años.

Durante 48 horas ininterrumpidas, la agente Clemen colabora en las labores de orden público y en la ayuda a los damnificados. Solo el viernes por la tarde puede regresar a su casa, en La Viña, un barrio según ella "unido y cohesionado" y que ahora luce fantasmagórico. Su edificio tiene en la puerta un círculo amarillo que indica que solo podrá entrar para recoger los enseres imprescindibles. La agente tendrá que pasar esa noche, y quién sabe cuántas más, en casa de su hija, y con su nieto Sergio, de cuatro años. En medio de tanta desolación, el niño, que adora a su abuela, le regala una flor.